<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-23598796</id><updated>2011-06-13T10:42:30.162+02:00</updated><title type='text'>Para no comerme las uñas</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://padrastros.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://padrastros.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>laieta</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06968079857870419761</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>8</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23598796.post-4713097681287326323</id><published>2007-09-18T14:52:00.015+02:00</published><updated>2008-09-10T17:21:31.993+02:00</updated><title type='text'>LA CABEZA DE CULEBRA</title><content type='html'>&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-No me lo trago.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div style="text-align: justify;"&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Así era Olvido. Básica y parca en palabras. Debía su nombre al descuido de la píldora décimocuarta de un mes de julio. Y así fue toda su vida. Un olvido detrás de otro. A Carmencita se le olvidó su dosis y no hechó cuenta de ella hasta aquél terrible dolor abdominal. Ya en el hospital, y con su bebé en brazos, los médicos no daban crédito a la situación.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-¿Es que usted no se ha dado cuenta del embarazo?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-Es que no podía ser eso, yo tomo medidas.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-Pues parece ser que hace nueve meses se le olvidaron.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Sí, a Carmencita se le había olvidado esa maldita pastilla. Ahora lo recordaba. Se me olvidó por completo, pensó. Miró a su bebé, arrugado y con la cabeza de pepino.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-¿Por qué es tan feo este niño?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-Hemos tenido complicaciones en el parto, pero no se apure. En unos días será una niña preciosa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Pero pasaron los días y la pequeña Olvido seguía con la misma cabeza de pepino. Su madre no sabía si darle de mamar o utilizarla para la ensalada. Se miraba al espejo y luego comparaba con su pepino. No había parecido alguno. ¿Habría salido al padre? ¿Y quién era el padre? ¿A quién podía reclamar semejante barbaridad genética?&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Cogió el autobús y se fue derechita a la fábrica de Alhambra.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-Esto es vuestro -dijo, mostrando el rostro apepinado de su  hija.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-No, señora, se equivoca. Lo que nosotros hacemos cabe en un botellín verde y no se parece en nada a su bebé.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-¿Verde? Ahí está el problema, claro. Por vuestra culpa me quedé embarazada y me salió este bicho. Tendría que haber nacido de un huerto, no de mis entrañas. Ay, espere, espere. Sujéteme a mi niña que tengo que ir urgentemente al baño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Sonsoles se hizo cargo de la criatura hasta que Olvido cumplió dieciocho pepinos. No la volvió a ver, pero tampoco notó su ausencia. La acogió con la misma naturalidad con la que acogía a los gatos de la calle, pero la quería menos. Olvido resultó una niña enjuta con la cabeza apepinada, seca como un palo y con problemas visibles para moverse. Semejante cabeza no estaba diseñada para un cuerpo tan lamentable. De su época de estudiante no le había quedado más que una sensación de vacío, se arrastraba por la vida haciendo el mínimo ruido posible para pasar inadvertida. Y eso era ella. Un ser con poca conciencia de sí mismo y ninguna para el resto del mundo. Pasó por una vida sin pena ni gloria.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Y sin pena ni gloria se encontraba en aquel coche.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-No me lo trago.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Pero Miguel ya no la escuchaba. Recostado en su asiento, con aquella pobre desgraciada metida entre sus muslos, recordaba a su mujer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;                                                                           &lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;*&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;María tenía unos enormes ojos negros que no decían nada. Para Miguel, mirarla fijamente era caer en el más absoluto de los olvidos. Cuando llegó a casa ahí estaba ella, plantada en la cocina con la nevera abierta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-Hola,cariño. ¿Cenamos ya? -&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Frase automática, pensó él. Si entrara un ladrón le diría lo mismo. Se acercó a su mujer, le acarició el cuello y dejó caer la mano por su espalda mientras se acercaba a ella. Olía a recién salida de la ducha. Olía a esa crema que usaba. Y olía a eso otro que sus sentidos tanto le alertaban y él tanto se resistía a creer.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-No tengo hambre y estoy cansado, ¿vamos a dormir?&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;"No tienes ganas de escucharme y te apetece echar un polvo", pensó María.  Cerró la puerta de la nevera y fijó la mirada en su marido, haciendo el esfuerzo de mantenerse lo más natural posible, cuando lo que de verdad quería era echarse a llorar y salir de esa casa.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;-Cenaré algo y luego iré a acostarme, no tengo sueño.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Ojos negros imposibles de salvar. Ojos negros que le atormentaban tanto que era incapaz de hablar con su mujer, incapaz de decirle cuánto la echaba de menos. Se dió la vuelta y se acostó. Pero no podía dormir. Se concentró para escuchar qué hacía ella en su supuesta ausencia. Oyó como abría la nevera de nuevo y sacaba una coca-cola. Segundos más tarde entró el olor del tabaco a la habitación. Miguel se dió la vuelta para no tener que levantarse y discutir con ella otra vez por lo mismo. Un tono de mensaje fue el momento justo para cerrar la puerta y los ojos y abrirse de nuevo el abismo que había entre ellos.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Miguel se despertó cuando la oyó entrar. Se quitó la ropa y la tiró en el suelo para meterse desnuda en la cama. Se giró para abrazarla, pero no pudo. Aún en plena oscuridad, notaba esa mirada esquiva e imposible de comprender. Esos ojos negros, tan fríos y tan terribles. Esos malditos ojos negros, esa maldita mujer que tanto le hacía sufrir. Le dió la espalda e intentó dormirse, imaginándose a María con la mirada perdida contra la ventana.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Y no se equivocaba. Estaba con la mirada perdida, sin sueño y con una desgana total. Había algo en ella que no funcionaba bien. Algo hacía mal para atraer aquello que no quería y alejarse de todo lo que le importaba. Pero no tenía fuerzas para poner orden en su vida. No tenía ganas de luchar, ni por ella ni por nadie. Tenía la sensación de estar en una montaña rusa, y que en algún momento se bajaría. Sólo tenía que esperar. Una vuelta, quizás dos, y terminaría. Y las pastillas, al fin, cumplieron su función y cerraron sus ojos tristes.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;                                                           *&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Olvido llegó a casa alrededor de las dos de la mañana, cansada y vacía como todas las noches. Se quitó la ropa y se dió una larguísima ducha, pero no consiguió quitarse ese olor a desgracia que le invadía todo el cuerpo. Se tomó una cerveza con avidez, otra sin contemplaciones y una tercera para disfrutarla. Con la cuarta decidió recoger un poco el piso y con la quinta le entraron ganas de comer. Abrió la nevera y estaba tan vacía como todo lo que le rodeaba. Se hizo un sandwich de jamón y queso, se tomó otra cerveza y se fue a dormir.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;span style="font-size:100%;"&gt;Tomás llegó a las seis y media a su casa. Abrió la puerta y olió a su mujer. Ese aroma de alcohol,tabaco y perfume que le cortaba la respiración había vuelto a casa. Y lo mismo le daba, que estuviera o no le era completamente indiferente. Sólo tenía que acostarse y esperar a que ella se fuera. Se masturbó para conciliar el sueño y durmió plácidamente, como si estuviera solo. Al fin y al cabo, esa mujer llevaba muerta muchos años. Muchos más de los que él la conocía. Se había casado con un fiambre emocional del que no tenía sensación de pertenencia. Pero le daba igual, muerta o viva, en casa o fuera de ella. No le importaba en absoluto la vida de Olvido. De hecho, ni tan siquiera habían hablado nunca de nada importante. No se conocían y, aún así, se había casado con ella. ¿Por qué? ¿Y por qué no? Almenos no le molestaba, era como si no existiera.&lt;/span&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;*&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿Por qué te gusta hacerme sufrir tanto,eh? Con lo que yo te quiero...&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;María sonrió y le dió un beso tan ardiente que no pudo evitar lanzar un gemido. El alcohol y la coca que se habían tomado estaban en su punto más álgido y pedía a gritos una buena sesión de sexo sin tapujos. Arqueó la espalda de un modo casi espasmódico cuando tuvo su cabeza entre sus piernas y lo retuvo con fuerza entre sus muslos. Así, con una lengua recorriéndole el sexo y unos dedos penetrándola, se sentía feliz. No recordaba en absoluto sus problemas, no pensaba en nada más que ese terrible calor que le invadía el cuerpo y del que tenía que deshacerse antes de que la quemara. Desligó sus piernas, le agarró con furia del pelo y lo puso a su altura para que la penetrara. Oía unas voces, unos gemidos de fondo. Pero no estaba por ellos, únicamente por ella. En cuanto notó que la estaba penetrando quedó adormecida y en un estado de paz que la dejaron sin habla. Empezó a masturbarse mientras veía el miembro retorcerse dentro de ella y lanzó un largo gemido en cuanto notó que él estaba a punto de estallar, en cuanto notó esos pequeños espasmos dentro de su cuerpo que le anunciaban el orgasmo en cuestión de segundos.&lt;br /&gt;Él quedó derrotado sobre ella, susurrándole cosas que no escuchaba. Estuvieron así escasos momentos. María se levantó y empezó a vestirse mientras buscaba su paquete de tabaco.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-¿A dónde vas? Me prometiste que pasaríamos el día juntos. Me prometiste darme tu tiempo hasta las cinco de la tarde. ¡Joder, he cancelado tres visitas para estar contigo, María!&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;-Tengo hambre, si no te importa. ¿Por qué no vamos al restaurante del hotel? Tiene buena pinta y llevaba de postre un pastel enorme de chocolate con nueces y nata.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;En verdad, María ya se iba. No se había acordado que le dijo que pasarían la tarde juntos. De hecho, quedaba con él porque por mucho que le dijera que era la última vez que se veían siempre acaba cayendo en sus brazos. Pero esa sería la última vez.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;/div&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23598796-4713097681287326323?l=padrastros.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://padrastros.blogspot.com/feeds/4713097681287326323/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23598796&amp;postID=4713097681287326323' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/4713097681287326323'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/4713097681287326323'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://padrastros.blogspot.com/2007/09/todava-sin-ttulo-parte-primera.html' title='LA CABEZA DE CULEBRA'/><author><name>laieta</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06968079857870419761</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23598796.post-114595537517471794</id><published>2006-04-25T10:38:00.000+02:00</published><updated>2006-04-26T11:48:49.186+02:00</updated><title type='text'>EPÍSTOLAS AVIARIAS. La gripe aviar y el desconsuelo del PP por sacrificar a su gaviota (3º parte)</title><content type='html'>&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Queridos Maiano y José;&lt;br /&gt;No estoy loca. No estoy enferma. He aprendido a volar por mí misma, eso es todo.&lt;br /&gt;José, sé que has querido cuidarme como a la hija inteligente que nunca has tenido. Pero no se puede adoctrinar a un ser con conciencia de sí mismo. No puedo odiarte -todavía no-, porque hemos pasado grandes momentos juntos.&lt;br /&gt;¿Te acuerdas, José, cuando me disfrazabas de águila imperial y corríamos como locos por tu despacho? Eran tiempos felices, ¿verdad? Los recuerdo con gran cariño. Tú, vestido de Napoleón y diciéndome: "Devora a los enemigos infieles, ¡dévoralos!", y yo hacía un vuelo rasante -rasante, pero muy torpe-, y destrozaba el peluche de turno. Qué risas nos hacíamos, José. Eran buenos tiempos.&lt;br /&gt;Pero los juegos y las risas fueron desapareciendo. "Más feroz, saca más pecho, ¡coño!", "así no, mira como lo hago", espetabas entre latigazo y latigazo. José, yo te quería mucho. Te adoraba. Habías visto en mí mucho más de lo que era, pero mi pobre naturaleza no daba para más. Podía jugar a ser grande, a ser fuerte. Pero no lo era, cariño. Y tú tampoco.&lt;br /&gt;Lloramos mucho con la terrible tragedia, acuérdate. "No es culpa mía, no es culpa mía...", decías entre sollozo y sollozo, "es culpa de los demás, que me tiene envidia, que quieren arrebatarme lo mío, lo nuestro. Francisquita, ¡nos quieren hundir!"&lt;br /&gt;Jugar a ser dioses en la intimidad puede ser divertido, José. Pero hay que aceptar las limitaciones que nos impone la naturaleza. Yo lo he hecho, y ahora soy feliz. Soy libre.&lt;br /&gt;Tú no eres un dios, yo no soy un ave rapaz. Sólo somos carroñeros, animales comunes.&lt;br /&gt;Cuando estalló la noticia del virus quise huir. Tenía miedo. Pero al final me sirvió para ver que mi destino no es tan trágico. Sí, soy un pobre carroñero. No soy un águila imperial, sólo soy una gaviota común. Pero me gusta lo que soy, y si tiene que venir un virus y matarme, que lo haga mientras devoro una jugosa cabeza de pescaíto o estoy dando caza a una paloma moribunda.&lt;br /&gt;Gracias, José, por los años que hemos compartido.&lt;br /&gt;Gracias, Mariano, por tener pocas luces y permitir que me fuera.&lt;br /&gt;Deseo que os vaya todo bien, de corazón.Y no pongais más parches a las limitaciones, aceptarlas.&lt;br /&gt;Siempre vuestra,&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Francisquita&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23598796-114595537517471794?l=padrastros.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://padrastros.blogspot.com/feeds/114595537517471794/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23598796&amp;postID=114595537517471794' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114595537517471794'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114595537517471794'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://padrastros.blogspot.com/2006/04/epstolas-aviarias-la-gripe-aviar-y-el.html' title='EPÍSTOLAS AVIARIAS. La gripe aviar y el desconsuelo del PP por sacrificar a su gaviota (3º parte)'/><author><name>laieta</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06968079857870419761</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23598796.post-114588425263524015</id><published>2006-04-24T13:41:00.002+02:00</published><updated>2006-04-25T10:31:18.493+02:00</updated><title type='text'>LA COMUNIDAD DE LOS LOBOS Y LA PULGA (1º parte)</title><content type='html'>-Hace ya muchos años de esta historia.&lt;br /&gt;-Venga, maestro, todo el mundo habla de ella. Cuéntenosla-, le suplicó uno de los pequeños.&lt;br /&gt;En la clase del viejo profesor Rufus se impartía la asignatura de Nutrición rápida en caso de escapada. Los alumnos se dormían siempre en el capítulo de vísceras, no había manera de hacerles entender cuán importante era aquello para su supervivencia.&lt;br /&gt;-Me contento con que seais capaces de hacer una incisión adecuada.&lt;br /&gt;-Pero profesor, si ya sabemos. Sólo explíquenos la historia. Tenemos derecho a conocer la verdad. Somos parte de la comunidad y exigimos saber lo que ocurrió.&lt;br /&gt;Todos los pequeños empezaron a chillar y a excitarse. Jeremías era un auténtico líder.&lt;br /&gt;-Está bien, está bien. Me habeis convencido. Callénse, guarden asiento. Lo diré únicamente una vez.&lt;br /&gt;"Siempre hemos sido una comunidad bien allegada. Las tareas estaban tan bien perfiladas que cada cual sabía qué tenía que hacer. La integración en diferentes grupos era libre, demasiado libre.&lt;br /&gt;Un día llegó una pulguita a uno de los grupos. Ya era conocida porque había estado mucho tiempo con uno de los nuestros. La verdad es que era simpática,  nos hacía reir a todos. Rápidamente se le hizo un hueco y se la trató como  a uno más de la Comunidad".&lt;br /&gt;-Pero profesor Rufus, una pulga no sabe cazar.&lt;br /&gt;-Ya lo sé, Jeremías.&lt;br /&gt;-¿Y cómo puede aceptarse a un miembro que no trabaja?&lt;br /&gt;-Ese es el eterno problema de los buenos, Jeremías. A veces, por ser buenos, actuamos mal.&lt;br /&gt;-Yo, a las pulgas, por muy simpáticas que parezcan, las aplasto con el pie.&lt;br /&gt;-Yo ahora también lo hago, jovencito. Pero eran otros tiempos.&lt;br /&gt;Rufus se acomodó en su sillón, miró fijamente por la ventana y siguió explicando.&lt;br /&gt;"Como os iba diciendo, la pulguita fue tratada como un miembro más. No cazaba, no recolectaba, no aportaba mejoras al grupo. Pero caía bien y a nadie le importaba llevarla un rato encima para alimentarla, llevarla de paseo o simplemente para hacerle compañía.&lt;br /&gt;Cuando la pulguita se ganó la amistad del grupo, quiso ir más allá. Empezó a saltar al lomo de aquellos que la llevaban de copas. Obviamente, ella no tenía poder adquisitivo para permitirse lujo alguno, eran los demás quienes, sin esperar nada a cambio, le daban una parte de lo suyo. Al principio nadie se daba cuenta de lo perjudicial que resultaba esa compañía. Poco a poco, las fuerzas de unos y otros fueron menguando. La pulguita se creía cada vez más grande, más fuerte. Iba todo el día exprimiendo las fuerzas de aquellos que la habían acogido, devorando sus presas, bebiéndose su agua.&lt;br /&gt;Pero esto no era todo. La pulguita se creía tan superior a ellos que quiso liderar a la Comunidad".&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23598796-114588425263524015?l=padrastros.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://padrastros.blogspot.com/feeds/114588425263524015/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23598796&amp;postID=114588425263524015' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114588425263524015'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114588425263524015'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://padrastros.blogspot.com/2006/04/la-comunidad-de-los-lobos-y-la-pulga-1.html' title='LA COMUNIDAD DE LOS LOBOS Y LA PULGA (1º parte)'/><author><name>laieta</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06968079857870419761</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23598796.post-114226465072225563</id><published>2006-03-13T16:29:00.000+01:00</published><updated>2006-03-13T16:45:19.046+01:00</updated><title type='text'>EPÍSTOLAS AVIARIAS. La gripe aviar y el desconsuelo del PP por sacrificar a su gaviota (2º PARTE)</title><content type='html'>Apreciado José:&lt;br /&gt;Lamento mucho que te hayas enterado por la prensa de tan desagradable noticia. Creéme cuando te digo que hemos hecho todo lo posible para evitar esta desagrable situación. Yo mismo la puse en cuarentena cuando estalló el rumor de unvirus tan letal.&lt;br /&gt;Pero tú la conoces mejor que nadie. Sabes que Francisca no soporta que nadie le diga lo que debe hacer. Se lió a picotazos conmigo; me tachó de carcelero, de quitarle la libertad. "Que venga el médico ese hijo puta que dice que no puedo salir de aquí, que venga si tiene huevos", decía Francisquita. Al final tuve que dejarla salir, ya sabes que, aunque pequeñita, tiene muy mala uva.&lt;br /&gt;Al principio todo parecía ir bien, pero de repente empezó a hacer cosas raras, rarísimas. Ya no era la misma, José. Estaba como ida.&lt;br /&gt;Aún no tengo pruebas, pero estoy convencido que el capullón que tú y yo sabemos la ha envenenado. Sí, José. Creo que la maricona esa le ha hecho algo.&lt;br /&gt;De momento Francisca está en observación, el sacrificio todavía no es un hecho. Ten fe y reza por ella, como hacemos los demás.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23598796-114226465072225563?l=padrastros.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://padrastros.blogspot.com/feeds/114226465072225563/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23598796&amp;postID=114226465072225563' title='1 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114226465072225563'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114226465072225563'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://padrastros.blogspot.com/2006/03/epstolas-aviarias-la-gripe-aviar-y-el_13.html' title='EPÍSTOLAS AVIARIAS. La gripe aviar y el desconsuelo del PP por sacrificar a su gaviota (2º PARTE)'/><author><name>laieta</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06968079857870419761</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>1</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23598796.post-114222785526716059</id><published>2006-03-13T06:25:00.001+01:00</published><updated>2006-03-13T07:01:35.230+01:00</updated><title type='text'>LAS URRACAS</title><content type='html'>La mayoría de los habitantes de El Valle de Marcias no recordaba el verdadero nombre de las Urracas, pero sí sabía historias sobre ellas. Algunos decían que no eran más que leyendas para asustar a los niños; otros aseguraban que sus abuelos habían conocido a algunas de ellas; la mayoría, sin embargo, coincidía en que algo había de verdad en todas aquellas historias.&lt;br /&gt;Pero no eran rumores lo que yo iba buscando, sino pruebas de la existencia de esas Urracas. Durante meses estuve leyendo todos los ejemplares antiguos del periódico local en busca de alguna noticia relacionada con ellas, pero no encontré nada. Fue a finales de mayo de aquel mismo año cuando alguien me dijo que para encontrar a los muertos es mejor buscarlos lejos de los vivos. Ya había estado en el cementerio, pero había pasado tanto tiempo y habían tantos nichos que desistí rápidamente. Pero ahora ya no me parecía tan grande en comparación con la montaña de cajas llenas de ejemplares de diarios que había en la biblioteca y el archivo histórico.&lt;br /&gt;Cuando llegué al cementerio sorprendí al enterrador hurgando entre los restos de una anciana que había muerto unos días antes. Me hice el despistado y le pregunté por los nichos más antiguos.&lt;br /&gt;-Usted es quien va preguntando a todo el pueblo acerca de las Urracas, ¿verdad?–me preguntó mientras se embolsaba la cadenita de oro de la difunta.- Pues sepa usted que no sería el primero que viene y se va con las manos vacías. Pero me cae usted bien, hombre. Quizás pueda echarle una mano, aunque antes le agradecería que me ayudara a meter a esta buena mujer en su hoyo. No creo que sea bueno que los muertos descansen tan cerca del cielo.&lt;br /&gt;Pues no, pensé yo. La verdad es que ocho pisos de nichos era muy exagerado. Nadie en su sano juicio subiría a esa escalerita que tenía para acceder a los más elevados del suelo. A no ser, claro está, que ese alguien buscara alhajas entre los muertos. Le ayudé a subir el ataúd de nuevo a su sitio y me guió entre las calles y callejas de aquella ciudad de muertos.&lt;br /&gt;Durante el trayecto tuve tiempo de observar a mi guía detenidamente. Iba vestido con harapos, pero de su cuello colgaban innumerables cadenas y cadenitas de oro, de plata y demás metales menos nobles. Sus dedos estaban cargados de anillos y alianzas. Estaba claro que aquel hombre enjuto de nariz aguileña alimentaba gran parte de las historias que me habían contado acerca de las Urracas. No tardó en darse cuenta de mis pensamientos y, parándose delante de mí, me enseñó un sello de oro macizo que llevaba atado al cuello.&lt;br /&gt;-Este sello perteneció a uno de los hombres más tacaños y ruines que he conocido nunca. Durante veinte años mi madre le limpió, le cuidó, le cocinó y le dio conversación cuando ya nadie se acordaba de él. ¿Y sabe usted cómo se lo agradeció? Pues no dejándole ni una peseta, el muy tacaño. Lo dio todo a la iglesia del pueblo. ¡Él, que nunca en su vida pisó suelo sagrado! Pues el día que murió mi madre le lloró, le veló y fue a su entierro. Para nada, pues la dejó en la calle como a un perro. Hacía años que se había construido un mausoleo precioso, con estatuillas de mármol y toda la parafernalia posible. Y mi pobre madre, cuando murió, le tocó una de esas allá a lo alto. ¡Qué injusticia! ¿Cómo iba yo a llorar a mi madre si ni siquiera podía verla desde el suelo, y a ese espantajo, a quien nadie le iba a ver, le había tocado un lugar tan bueno para descansar? No podía permitir esa barbaridad, así que cambié los cuerpos de lugar. Cuando abrí la caja del canalla estaba incorrupto. ¡Qué fastidio! A veces pasa, cuando alguien muere en invierno y descansa en la tierra, se momifica. Pero eso me importaba más bien poco. El problema venía porque así pesaba más, y era un hombre muy corpulento. Ay, tuve que rebanarme los sesos para saber cómo subirlo al nicho de mi madre. Al final pensé que daba igual donde le pusiera, así que abrí uno de los nichos de más abajo para meterlo dentro. Elegí uno de principios de siglo para asegurarme de que cabría el nuevo inquilino con lo poco que hubiera del propietario. ¡Qué equivocado estaba! Si el primero estaba entero, el segundo ni le cuento. Pero yo estoy acostumbrado a ver cosas raras, así que abrí un nicho de la calle siguiente. Mire, es este que tenemos aquí al lado –me dijo señalando a mi derecha-. Si por alguna extraña razón el cuerpo también estaba entero, en esta ocasión cabría un segundo ocupante, ya que el primero murió a los cinco años. Abrí la caja y me encontré a la criaturita, que parecía estar durmiendo. Que me encontrara un par de cadáveres no corruptos pasaba como algo normal, pero tres empezaba a ser sospechoso. Introduje al hombre con el niño, cerré el nicho y di cristiana sepultura a mi madre. Pero estaba intranquilo, así que abrí más nichos para ver si había sido casualidad o aquí pasaba algo raro. Abrí una caja por calle. Allí estaban mis familiares, mis amigos, mis vecinos. Todos tal y como los recordaba. Incluso María, mi primera novia, y que murió de tuberculosis, parecía la misma niña de entonces. Este lugar, más que sagrado, es mágico. Y así, abriendo ahora una caja y ahora otra, también me quedaba un recuerdo de los muertos. Por eso llevo sus pocas cosas de valor encima. Bueno, por eso y porque el sueldo de enterrador no da para mucho.&lt;br /&gt;Poco a poco me aficioné a abrir las cajas y así, de paso, confirmar mi teoría de la magia.&lt;br /&gt;-¿No encontró ni un solo cuerpo putrefacto?&lt;br /&gt;-Ni uno solo. Se lo juro por la tumba de mi madre. ¿Recuerda la señora con la que me vio al llegar? Lleva treinta años aquí.&lt;br /&gt;Yo, por aquél entonces, era demasiado joven e incrédulo como para creerme lo que aquél viejo me decía. No me cabía la menor duda de que su vida solitaria le había hecho perder la cabeza. Aún así, le hice pensar que daba por hecho la autenticidad de su relato. Seguimos caminando durante más de una hora en silencio. Ya estaba oscureciendo cuando, de repente, se paró en seco y me señaló un nicho del octavo piso.&lt;br /&gt;-Le presento a una de las Urracas. A partir de aquí le dejo solo, tengo que seguir con mi trabajo. Pero no le diga a nadie que yo le he traído, porque me lleva a la ruina. Si le preguntan, la encontró por casualidad. O mejor aún, le guió una corneja –dijo, guiñándome un ojo y sonriendo-. La gente de por aquí es muy supersticiosa.&lt;br /&gt;Y se perdió entre las calles del cementerio. Yo, aún sin saber cómo iba a trepar hasta la tumba que me había señalado, y aún menos cómo iba a recordar el camino de vuelta, miré hacia arriba. Los nichos estaban en su gran mayoría destrozados por el paso del tiempo. No había ni una corona, ni una sola flor u objeto que me hiciera pensar que alguien pudiera descubrirme. Con la ayuda de un palo que encontré en el suelo, fui marcando en la tierra mi camino, mientras buscaba alguna de aquellas escaleras que había visto a lo largo del recorrido. Tardé media hora en divisar una a lo lejos. La cogí y volví a rehacer mis pasos hasta el nicho de la Urraca. Apoyé la escalera contra la pared  y la hendí tanto como pude en el suelo húmedo. Aunque estaba acostumbrado a los muertos, no pude evitar el escalofrío al limpiar la lápida señalada. La piedra era totalmente lisa, no había relieve ni rastro alguno de que alguna vez hubiera habido un nombre o una fecha gravados. Estando así, medio suspendido en el aire, recordé que no tenía nada para hacer palanca. Pero pronto descubrí que no me hacía falta. Ese hombre hacía tiempo que ya lo había hecho por mí y no se había molestado demasiado en ponerla de nuevo. Aparté la lápida suavemente, pero mi torpeza, junto con el viento que se había levantado, hicieron que se estrellara contra el suelo. Con el susto perdí el equilibrio y a punto estuve de matarme si no es porque tuve la suerte de agarrarme a lo que parecía un asa del ataúd de la presunta Urraca. Pero la caja no parecía estar dispuesta a salvarme de la caída. Más bien quería acompañarme hasta el suelo. Cuando la mitad del ataúd colgaba ya en el aire, oí como la madera crujía y me caí.&lt;br /&gt;Lo siguiente que recuerdo es la cara aguileña de mi guía, buscando entre mis ropas algo de valor.&lt;br /&gt;-¿Qué haces, hombre? ¡Ayúdame, llama a un médico! –le increpé.&lt;br /&gt;-¡Ay! Me ha dado un susto de muerte, carajo. Pensé que se había matado en la caída. Tranquilo, tranquilo. Incorpórese, deme la mano.&lt;br /&gt;Yo no me quería mover. Pensaba que me había roto algo y lo mejor era quedarme ahí, quieto, hasta que llegara el médico. Pero el hombre, acostumbrado a cargar con los cadáveres, me levantó sin apenas esfuerzo. Vi entonces que el suelo húmedo y las malas hierbas habían suavizado mi caída, y tal vez me habían salvado la vida. Limpié mi levita como pude y vi que me faltaba el segundo botón. Miré al enterrador para que supiera que me había dado cuenta, pero se quedó tan tranquilo. No quise insistir, pues un botón no se merecía una riña (aunque si me hubiera molestado en mirar mis bolsillos sí que le podía haber hecho colgar por robarme mi precioso reloj de oro y el sello de mi familia). Miré a mi alrededor en busca de mi tesoro. La caja se había partido en dos, pero no había nada.&lt;br /&gt;-Está vacía –me dijo el enterrador-. Pero le aseguro que cuando yo la abrí había una urraca, una vieja urraca. Está claro que alguien más la ha descubierto, porque por muy entera que estuviera la vieja no creo que se fuera a dar un garbeo, ¿verdad? Yo creo en los muertos, no en los fantasmas.&lt;br /&gt;Ya no sabía qué creer. Aquél anciano no parecía estar muy bien de la cabeza, pero dudar de sus palabras significaba estar otra vez con las manos vacías. Me acompañó hasta la salida y seguí mi camino hacia la fonda. Una vez allí descubrí que mi casera estaba hurgando entre mis cosas. Carraspeé para anunciar mi llegada.&lt;br /&gt;-Uy, ya me estaba usted preocupando, señor. Estaba a punto de salir a buscarle –me dijo con tanta naturalidad que no me pareció muy educado acusarla de mirar entre mis pertenencias-. Pero tiene usted mala cara, hijo. ¿Se encuentra bien? ¿Ha ido mal su visita al cementerio?&lt;br /&gt;Por lo visto todo el pueblo sabía dónde había estado aquella tarde. Le pedí que me dejara descansar y se fue, no sin antes lanzarme una advertencia.&lt;br /&gt;-No debería creer todo lo que le dicen. Hay mucha gente en este pueblo que se aburre y aprovecha cuando llega un forastero para utilizar su imaginación. De verdad, somos gente muy normal. Buenas noches.&lt;br /&gt;Estuve todo el día siguiente encerrado en mi habitación, pensando si debía seguir buscando a las urracas o, por el contrario, zanjar el asunto y volver a mi casa. Al final decidí que si en un par de días no conseguía avanzar en mis investigaciones lo olvidaría todo.&lt;br /&gt;Dos días después de mi visita al cementerio, y aún con la espalda dolorida, decidí ir a ver al viejo enterrador. Cuando llegué él estaba paseando entre las tumbas canturreando a viva voz. Me saludó moviendo enérgicamente los brazos y vino corriendo hacia mí. Me sorprendió la agilidad con que se movía aquél hombre tan anciano. Estaba, además, de un humor estupendo, y me miraba sonriente.&lt;br /&gt;-¡Encontré a su urraca! –me dijo eufórico.&lt;br /&gt;Salió corriendo calle abajo y no me quedó más remedio que seguirle. Pero estaba claro que yo no podría aguantarle el ritmo mucho tiempo. Ahora, más que un hombre, parecía una liebre. Cuando se dio cuenta de mi bajo estado de forma, paró y fue andando  a mi lado. Estaba realmente muy contento, no dejaba de decirme que desde que encontramos la caja de la urraca vacía no había parado de buscarla. Y aseguraba, una y otra vez, que había dado con ella.&lt;br /&gt;Me llevó a un lugar apartado del cementerio, donde ya no había nada más que jardín y un camino que se perdía en el bosque.&lt;br /&gt;-Siga el camino y la encontrará. Se llevará una sorpresa muy grata, se lo aseguro.&lt;br /&gt;Dicho esto desapareció otra vez, sin darme opción a pedirle que me acompañara. Solo, sudoroso y con la espalda pidiéndome a gritos un descanso, dirigí mis pasos hacia la senda que me había señalado. La humedad del suelo hacía aún más dificultosa mi respiración, y las copas de los árboles apenas dejaban pasar la luz para orientarme. No sé cuánto tiempo estuve caminando ni cómo llegué a donde llegué, ya que el camino hacía rato que ya no existía, pero de pronto vi una cueva delante de mí que parecía habitada. Yo ya había visto cuevas habilitadas, pero no en zonas húmedas como aquella. Sin pensar en lo ilógico de todo aquel asunto, entré en la cueva. Tal y como me había parecido, la cueva estaba habitada. Había una mesa con un par sillas, una especie de cocina y un colchón en el suelo con alguien encima. Me acerqué esperando que fuera mi Urraca. Si la historia que me había contado el enterrador era cierta, aquella anciana que tenía delante de mí estaba muerta desde hacía muchos años, pero el color rosado de sus mejillas me desconcertaba. Estaba tan cansado que decidí sentarme en la silla para recuperar el aliento, y así pensar un poco en lo que debía hacer. Si esa mujer era quien decía el enterrador, ¿cómo había ido a parar ahí? ¿Y cómo había dado con ella? Nada tenía lógica, nada podía ser cierto. Me levanté y me acerqué al colchón para comprobar si aquella mujer estaba realmente muerta. No tenía pulso y estaba rígida, así que muerta estaba. Eso era lo único que tenía claro en esos momentos.&lt;br /&gt;Aquello no podía ser más absurdo. Yo, guiado por un viejo loco que dice que la Urraca está en el bosque, sentado en una mesa dentro de una cueva con un cadáver que no tenía de urraca ni el negro de sus ropas.&lt;br /&gt;Decidí salir de la cueva y volverme a mi casa, ya que aquello era cada vez más sin sentido. Pero cuando ya estaba a punto de cruzar el umbral, una voz de dentro de la cueva me preguntó:&lt;br /&gt;-¿Ya te vas? ¿No vas a preguntarme nada?&lt;br /&gt;Creí que iba a desmayarme ahí mismo, sin darme tiempo a ver la procedencia de esa voz. Finalmente decidí que ya tendría tiempo para echarme a llorar si hacía falta, pero que debía agotar esa última posibilidad. Me giré y cuál fue mi sorpresa cuando aquél cadáver me miraba, sentado en el colchón. Tenía los ojos soñolientos y se rascaba la cabeza con tanta naturalidad que pensé que mi diagnóstico había sido apresurado. Me acerqué a la mujer y le ayudé a incorporarse para sentarnos alrededor de  la mesa. Al tocarla la noté fría como un témpano, pero quise pasar por alto este detalle.&lt;br /&gt;-Así que buscabas a una urraca, ¿no? Pues ya te habrás dado cuenta que de pájaro tengo más bien poco.&lt;br /&gt;-Sí, ya me he fijado. El enterrador me había dicho...&lt;br /&gt;-¡El enterrador, el enterrador! –dijo indignándose-. ¡Ese hombre no sabría distinguir un mirlo de un ruiseñor! No debes creer lo que dice a pies juntillas, hay que saber interpretarlo. Su modo de ver las cosas no suele coincidir con la realidad, aunque no se inventa nada. Porque yo, aunque no sea una Urraca, las conocí. Y no como dicen en el pueblo, no. Yo las conocí en primera persona. Y no habían sido siempre Urracas, se convirtieron con el tiempo. Tampoco es cierto que les hicieran esas cosas que dicen a los muertos. Nada de lo que te han contado es cierto, jovencito. Ahora bien, si venías encandilado por la historia de las Urracas, lo mejor será que te vayas ya, que no me escuches. Porque la historia, la verdadera historia de las Urracas, no tiene nada que ver con todo eso. Es mucho más sencilla. Luego no digas que no te he avisado.&lt;br /&gt;-Señora, estoy aquí para saber lo que hay de verdad en la leyenda, no para alimentarla más. Cuénteme lo que sepa.&lt;br /&gt;-Siempre nos habían contado que no había manera de salir ni entrar del pueblo, pero cuando vimos a aquellas gentes extrañas acampar a sólo unos metros de las primeras casas todo nuestro mundo, nuestra forma de ver las cosas, se convirtieron en algo sin importancia.&lt;br /&gt;Ese mismo día, el hombre más viejo del pueblo, que debía tener más de cien años, nos reunió a todos en su casa. Los hombres y mujeres de más edad se sentaron alrededor de Aureliano, el gran anciano, y detrás de estos nos fuimos sentando los demás, por estricto orden de edad.&lt;br /&gt;-Han violado las leyes de la naturaleza –dijo el anciano, de pie ante la multitud-. La última vez que pasó algo así, y nadie de aquí lo recordará porque entonces era yo un niño, sufrimos pestes y hambruna. Los hombres estaban débiles para labrar, las mujeres no concebían niños sanos y era raro que algún bebé cumpliera el año de edad. Miguel –continuó, dirigiéndose a un hombre que había en el círculo más inmediato al viejo-, ¿no es cierto que esta mañana te has encontrado a tus gallinas degolladas? Y tú, Herminia –y señaló con el dedo índice a una anciana que estaba sentada en un lugar apartado de la sala-, ¿no es cierto que tu marido quiso ver de cerca a aquella gente y hoy lo has encontrado muerto en el patio de tu casa?&lt;br /&gt;La mujer salió de las sombras y contestó:&lt;br /&gt;-¡Ay, con los ojos abiertos, como si hubiera visto al mismo demonio!&lt;br /&gt;Todos los asistentes empezaron a explicar cosas extrañas que les había pasado desde la llegada de aquella gente al pueblo. Un cordero de dos cabezas, huevos podridos de gallina, una gata que se había comido a sus crías. Cosas que hubieran pasado por alto si aquella gente no hubiera estado allí.&lt;br /&gt;Todo esto debe parecerle estúpido, ¿verdad, joven? –me preguntó, interrumpiendo el relato-. Usted viene de una gran ciudad, está acostumbrado a ver gente y costumbres de otros lugares. Pero aquí eso era algo inusual, sobrenatural. Todo aquél que había intentado salir del pueblo perecía en el intento, y nunca oímos ni vimos a gentes forasteras. Cuando se demostró que se podía abandonar el pueblo y volver a entrar en él sin peligro alguno, yo ya era una anciana. Nos costó mucho aceptar esta nueva realidad.&lt;br /&gt;Yo estaba fascinado con aquella  gente. Cierto que el acceso al pueblo era dificultoso y entrañaba bastante peligro para los que desconocíamos el terreno, pero me costaba trabajo creer que la gente que había nacido allí no hubiera encontrado la forma de salir durante siglos.&lt;br /&gt;-El miedo a los forasteros crecía por momentos –continuó la anciana-. Se procedió a una votación para saber qué íbamos a hacer para burlar a la muerte, apostada en aquél improvisado campamento. Nos guió el miedo, no voy a negarlo. Preferimos acabar con el problema de raíz antes que arriesgarnos a conocerlo. Esa noche nos armamos con hoces, rastrillos, azadas, hachas, palos y antorchas. Hicimos armas con todo lo que nos daba de comer y nos dirigimos, muy entrada la noche, al campamento enemigo.&lt;br /&gt;Yo no debía estar allí porque era una cría, pero entonces tenía una vista de pájaro asombrosa y creyeron que nadie mejor que yo para ir de avanzadilla e informar al resto de la situación de los extraños. Atravesé los escasos metros que separaban al campamento de las casas más cercanas al río sin apenas tocar el suelo con los pies. Me arrastré por el lodo para confundirme mejor en la noche y estar más cerca de la presa. El corazón me iba rapidísimo y temblaba como una hoja, era como salir de caza con los hombres, pero mucho más peligroso. Estando así, escondida tras unos matojos, vi salir a un hombre y a una mujer con un bulto entre los brazos en dirección al bosque. Creí que estaban preparándose para nuestro ataque, así que les seguí para ver lo que tramaban. Esa fue la primera vez que los vi de cerca. El hombre distaba poco de los hombres que yo había visto, sólo el color de la piel lo hacía diferente. La mujer, en cambio, vestía ropas muy llamativas y tenía unos ojos y un cabello tan oscuros que costaba diferenciarlos de la noche. Hablaban un idioma extraño que no entendía, pero no hacía falta comprender las palabras para saber que discutían acerca del bulto que ella llevaba encima. La mujer no estaba dispuesta a desembarazarse de aquello, pero él insistía cada vez más furioso. Viendo que su compañera no estaba dispuesta a ceder, le arrebató el bulto y lo lanzó tan fuerte como pudo dentro del bosque, a la vez que la cogía por los pelos y luego le tapaba la boca para que no gritara. Segundos después, se oía un golpe seco. Ella, derrotada por su compañero, no tuvo más remedio que aceptar los hechos y volverse con él al campamento.&lt;br /&gt;Aunque yo tenía unas ganas enormes de descubrir qué había dentro de aquel bulto, mi misión era mucho más importante. Silbé tal y como habíamos acordado y observé la escena. Después de cercar el campamento, y sin ruido alguno, prendieron fuego a las tiendas y esperaron a que salieran sus ocupantes. Así, uno a uno, caía muerto a escasos metros del fuego. Fue una auténtica carnicería, no es de mis recuerdos más gratos de juventud, pero el instinto de supervivencia a veces nos lleva a hacer cosas que nunca creímos capaces de hacer.&lt;br /&gt;-¿Qué había en el bulto? –le pregunté.&lt;br /&gt;-Es usted muy impaciente, joven. A los viejos no nos gusta ir directamente al grano, porque entonces, ¿quién nos escucharía?&lt;br /&gt;Dicho esto se levantó de la silla y se acostó en el colchón mohoso del suelo. No podía creer que me hubiera dejado así, con la historia a medias, y se hubiera echado a dormir. Decidí que lo mejor que podía hacer era volver al pueblo, pero cuando me asomé vi que iba a ser imposible encontrar el camino de vuelta. Me había sorprendido la noche y no veía más allá de mis manos. Además, hacía un frío espantoso y temí que mi salud no pudiera aguantar deambular por el bosque durante mucho rato. Así que entré de nuevo en la cueva y aguardé a que la anciana despertara y siguiera explicándome la historia de las urracas, historia que hasta ese momento no parecía tener nada que ver con lo que la vieja me contaba. Supongo que fue la fatiga acumulada la que hizo que me durmiera en la silla, con los brazos cruzados sobre la mesa. Me desperté por el dolor punzante de mi espalda y el hambre que me acuciaba. Miré hacia el colchón y no encontré a la mujer. Me puse en pie de un salto y la busqué con la mirada por todo el habitáculo. Ni rastro de ella. Me entró el pánico, no voy a negarlo. Solo en un lugar extraño, sin saber cómo llegar al pueblo, sin saber si aquella mujer volvería o si alguien me echaría de menos. Solo, pensé. Y me armé de valor para salir al bosque.&lt;br /&gt;El sol empezaba a asomar cuando abandoné la cueva. Pero no había dado dos pasos que me topé con la anciana, que cargaba un fajo de leña.&lt;br /&gt;-Ya se ha despertado, ¿eh? Es usted muy madrugador. Ayúdeme a entrar la leña, que ya no tengo edad para cargar con este peso –y dicho esto me la lanzó como quien lanza un trapo.&lt;br /&gt;Entramos de nuevo a la cueva y la señora preparó un vaso de agua caliente y me lo sirvió con un pedazo de queso. Devoré el queso de un mordisco y esperé a que ella terminara su parte y reprendiera la historia.&lt;br /&gt;-Cuando terminó la matanza –prosiguió-, enterramos a los forasteros junto con todas sus pertenencias allí mismo. Luego nos fuimos de nuevo a nuestras casas. Esperé a que todos en mi casa durmieran para volver al bosque y buscar aquel bulto que habían tirado. Tardé en encontrarlo, pero al final di con él. Quité los harapos que cubrían aquella cosa y me sorprendió encontrar a un bebé. Lo examiné y pude comprobar que no tenía un rasguño. Ni siquiera lloraba. Me miraba fijamente con sus ojos negros, tan parecidos a los de aquella mujer morena. ¿Qué iba a hacer con esa criatura? No podía abandonarla, pero tampoco llevarla al pueblo porque la hubieran matado. Sin embargo… si los forasteros se habían deshecho de ella tal vez no era como ellos. No sabía qué hacer, así que la arropé de nuevo, la escondí bien en el bosque para que no la atacara ningún animal  salvaje y volví a casa.&lt;br /&gt;Una vez allí, me encontré con que una mujer del pueblo se había puesto de parto. Deseé que la criatura naciera muerta para salvar a la del bosque, pero pronto oí los llantos del recién nacido. ¿Cómo introducir a la criatura sin temer por su vida? No sé por qué hice lo que hice, pero la verdad es que fui a buscar al bebé del bosque y lo metí en la cuna del otro. Al hijo de la mujer me lo llevé de allí y lo abandoné a su suerte. Supongo que, en cierto modo, era una manera de pagar con uno de los nuestros por la matanza de esa misma noche, pero también por saber si había algo de extraño en esa cría.&lt;br /&gt;Los padres se extrañaron cuando vieron los ojos oscuros de su retoño, pero eso no fue nada en comparación con la cara que pusieron los demás cuando vieron el cabello negro azabache de la niña, que conforme crecía hacía más evidente su raza.&lt;br /&gt;Pero Lupita, que así se llamaba la niña, tuvo una infancia normal. La quería todo el mundo, era una cría encantadora, pero con los años nos dimos cuenta de que iba a darnos muchos quebraderos de cabeza, porque la niña pasó de ser un encanto a convertirse en una persona con mucha malicia, oscura.&lt;br /&gt;Ya desde muy pequeña se juntó con otras cinco niñas. Supongo que ahora empiezas a ver la relación de las Urracas con esta historia, ¿verdad? Pues tienes razón, eran las Urracas.  Lupita era, sin lugar a dudas, el cerebro de las seis. Las otras, simplemente, la seguían y obedecían. Pues bien, un invierno de mucho frío se llevó a una de las Urracas –que aún no se llamaban así-. El grupo de Lupita se encargó del velatorio de su compañera durante toda la noche. No nos pareció extraño, pues llevaban años siendo amigas, pero nos llamó la atención la serenidad con que lo llevaron todo a cabo.&lt;br /&gt;Cuando fuimos a buscar el cuerpo al día siguiente había desaparecido, y las Urracas también. Estuvimos buscando a las niñas durante tres días seguidos, y al cuarto desistimos. Pasaron algunos años cuando, un buen día, volvieron. Todas. Aunque habían cambiado bastante, nadie en el pueblo dudaba de que una de ellas era aquella chiquilla que habíamos visto morir aquel invierno, pero no dijimos nada. Hicieron vida más o menos normal. Todas se casaron cuando les llegó el día. Bueno, todas menos Lupita y la no muerta, que iban siempre juntas y no hablaban con nadie. Todas las otras Urracas se habían convertido en madres y se ocupaban de sus casas, como cualquier otra persona. Lupita se había vuelto una mujer callada, no hablaba con nadie. Como mucho se la veía susurrar a su compañera algo al oído cuando se cruzaban con sus antiguas compañeras. Estas, cuando se las encontraban, hundían el mentón y aceleraban  el paso tanto como podían. No entendíamos qué podía haber pasado para que la amistad entre estas niñas desapareciera para dar paso a un miedo tan profundo. Cierto que Lupita y la no muerta nos daban miedo a todos, pero nunca dieron motivos para ello. Se limitaban a pasear por las calles, Lupita abriendo el paso y la otra detrás, como protegiéndose.&lt;br /&gt;Aquellos eran tiempos muy duros para todos. Los inviernos eran muy acusados y siempre se nos iba alguien. Aquél invierno se llevó al hijo pequeño de Rosita, una de las Urracas. Durante el entierro estábamos más pendientes de ver aparecer a Lupita y a la no muerta que de las oraciones por la criaturita. Al final aparecieron, vestidas de riguroso luto, y se acercaron hasta la madre y el resto de Urracas. A Rosita se le pusieron los ojos como platos y se tiró encima de la tumba de su hijo. Lupita se rió y dijo que ya se había llevado lo que quería, que había ido para dar su pésame. Y ya lo creo que le dio el pésame, pero tanto a Rosita como  a las demás Urracas. En la iglesia se había hecho un silencio total, ni siquiera el cura se atrevía a decir una sola palabra. Tal vez por esta razón, o quizás porque así lo quiso la Urraca, pudimos oír esas extrañas palabras. No sabía lo que significaban, pero era la segunda vez que oía ese idioma. ¿Quién se lo había enseñado? No lo sé, aún hoy me lo pregunto. Pero la cuestión es que esas palabras hicieron mella en las Urracas, y todas, incluso Rosita, salieron con Lupita de la iglesia.&lt;br /&gt;A partir de ese día nunca jamás se las vio solas. Abandonaron a sus familias y se fueron a vivir con la Urraca. Prácticamente no salían de su morada, pero cuando lo hacían –y pronto fuimos conscientes de la relación-, Lupita susurraba algo a la no muerta en el momento justo que se cruzaban con una persona del pueblo. Y esta persona no duraba ni dos días entre nosotros. Y así empezó la leyenda de las Urracas, siempre juntas, siempre vestidas de negro y siempre sembrando la muerte. Luego, en el funeral, la Urraca y su séquito se acercaban al difunto y le decían algo al oído. Pero nada más. Sólo le decían algo, no hacían nada de lo que cuenta la gente.&lt;br /&gt;Todas fueron envejeciendo, incluso la no muerta, pero no las vimos morir. Simplemente desaparecieron.&lt;br /&gt;-No tiene sentido –le dije, viendo que ya no me iba a contar nada más-. Lo siento, señora, pero no me cuadran las fechas. Además, la historia tampoco es muy realista, ¿no cree? Usted me había dicho que era de lo más sencilla, y a mí no me lo parece. Más bien creo que pretenden volverme loco a base de contarme chismes y hacerse los misteriosos. ¡¿Cómo va a haber una no muerta?! ¿Cómo creer su relato si para ello debería tener usted cientos de años?&lt;br /&gt;La anciana se enfadó tanto conmigo que me echó a patadas de la cueva y me abandonó en mitad del bosque. Pero no me importó, esta vez no tenía miedo a perderme. Estaba tan furioso y tan cansado de hablar con chalados que incluso perderme en el bosque me parecía mejor idea que soportar su compañía. Decidí, pues, hacer el camino tan recto como me fuera posible. No tardé en divisar el jardín del cementerio. Me sorprendió que estuviera tan cerca, hubiera jurado que para llegar a la cueva anduve lo menos cinco quilómetros. Atravesé el cementerio sin perderme ni una vez, era como si lo hubiera hecho toda la vida. Cuando llegué a la puerta principal no me quedó más remedio que dar unos pasos atrás y dejar pasar el ataúd que traían alzado las gentes del pueblo. Me quise ir, sin importarme quién iba dentro de la caja, pero la multitud me arrastró literalmente con ellos.&lt;br /&gt;Y así fue como lo descubrí todo. Cansado, harto de esas gentes y de sus cuentos, me abrí paso entre la comitiva hasta plantarme delante del ataúd y lo abrí. Vacío.&lt;br /&gt;-¡¿Qué hace, insensato!? –me gritó el enterrador a la vez que volvía a tapar el féretro-. Cómo osa... ¡pobre señora!&lt;br /&gt;Todo el mundo estaba escandalizado. Las señoras se cubrían la cara con las manos y lloraban, los hombres me lanzaban unas miradas asesinas. Entre empujones y arañazos quedé relegado a un segundo plano. Pero la caja estaba vacía.&lt;br /&gt;-Pero si no hay nadie...&lt;br /&gt;-Usted está loco, muchacho. Ay, pobre señora. ¡Ni muerto puede uno descansar! Váyase, váyase de aquí.&lt;br /&gt;¿Estaba loco? No podía ser, ese catafalco no contenía más que aire. Pero no me fui, me quedé ahí, plantado, esperando a que la gente se fuera. Cuando la gente se fue, esperé a que se fuera el enterrador. Cuando se fue el enterrador, esperé a no sabía qué. Estuve así un buen rato. El día dio paso a la noche. Mi levita no era abrigo suficiente para ese maldito viento que siempre corría entre las callejas del cementerio, estaba helado y soñoliento. ¿Volver a casa? No, no podía hacer eso. Hubiera sido una derrota irme con las manos vacías. Pero quedarme allí tampoco era buena idea, porque me volvería loco.&lt;br /&gt;Así estaba yo cuando apareció la Urraca. Una sombra, una voz en mis oídos. No la llegué a ver, pero supe que era ella. Y no sentí pánico, sólo alivio. Era como si toda mi vida se redujera a ese momento.&lt;br /&gt;-No has aprendido la lección –me dijo-. Ya no sé cómo explicarte las cosas para que olvides este asunto. ¿No ves el daño que nos haces? ¿Y el daño que te haces a ti mismo? No te cansas nunca de repetir la historia.&lt;br /&gt;-¿Qué historia? No sé de qué me hablas, Urraca. Sí, Urraca, sé que eres tú. No eres una leyenda, eres real. Pero hay tantas cosas que no entiendo... Sé que vas a acabar conmigo, pero explícame toda esta locura.&lt;br /&gt;Estaba muy tranquilo. Ya todo me daba igual, no me importaba morir. Aún sabiendo que hablaba con una persona que era imposible que estuviera viva.&lt;br /&gt;-¿Otra vez, muchacho? ¿Cuántas veces voy a tener que decirte las cosas? Espero que esta sea la última, espero que no tenga que volver a contarte todo esto... Ay, muchacho, debí dejarte morir la noche que te caíste en el cementerio. Pero estaba tan aburrida de la gente de siempre que no pude evitarlo. ¡Cómo me arrepiento de haberlo hecho! Estaba claro que te tocaba morir así, al igual que yo debí haber muerto en el bosque. Pero aquella estúpida lo estropeó todo. Cuando mis muertos me pidieron venganza por su  asesinato, quise ir más allá. La muerte no era suficiente castigo. En cambio, privarles de ella era matarlos para siempre, que cada mañana desearan no abrir los ojos. Pero para conseguirlo debía sufrir el mismo castigo. El problema es que ellos han olvidado el tiempo que llevan aquí, son incapaces de ver más allá de sus narices. Quien más, quien menos, se ha inventado una vida. Como este pobre enterrador, que lleva cientos de años enterrando cajas vacías, pero que es incapaz de verlo. Incluso tú, que te creías tan cuerdo, te vendaste los ojos. ¡Ojalá yo también me volviera loca! Te has inventado a ti mismo. Vienes aquí siempre buscándome. Tú eres el forastero de siempre, nunca hubo otro, ¿lo entiendes? Y cuando te lo explico todo me pones esa cara de incrédulo, te vas y otra vez apareces. Desearía que esta vez fuera la última que nos viéramos, de verdad. Tú, que nada tienes que ver con este mundo, puedes romper esta cadena. Solamente debes olvidarte de este lugar, debes morir tranquilo en esa bonita casa que seguro tienes en la ciudad. Yo no muevo tus hilos, eres tú quien insiste una vez y otra en volver aquí. Y creo que podrías parar esta locura no volviendo a buscarme. Estoy segura de que, si no volvieras por aquí, en algún momento desapareceríamos. Recordarás estas palabras, ¿verdad? Esta vez sí. ¡No sabes cuán arrepentida estoy de no haberlos matado a todos!&lt;br /&gt;Quizás por eso supe volver al cementerio. Quizás por eso no me perdí entre sus calles y era capaz de llegar a un pueblo que nadie conocía. Pero seguía sin entender. Cuando la Urraca despareció me quedé pensando en mi vida. Estaba seguro de todo: de mis padres, de mi infancia, de mis lecciones de piano, de montar a caballo, de leer a los latinos y a los griegos. Recordaba a Teresita, la hija de la cocinera, que tanto me había alegrado las noches. Y las fiestas de la condesa. Cómo olvidar las fiestas de la condesa, fiestas que jamás hubiera podido imaginar alguien como yo, tan educado en la rectitud. Todo aquello era cierto, lo había vivido. También la tremenda pelea con mi padre por querer emprender este viaje. Y las lágrimas de mi madre, y las de Teresita. Y sobretodo esa vieja carta que encontré por casualidad en la biblioteca y que hablaba de esta historia. ¿Me tenía que creer que esa carta la había escrito yo? Esa caligrafía ininteligible, que me llevó tantas noches descifrar, no podía salir de mi puño.&lt;br /&gt;Pero yo era muy joven. Cuando volví a casa hice lo que todo muchacho, llegada su hora, debía hacer entonces. Con el tiempo olvidé la historia de las Urracas. De hecho, a mis padres les dije que no había encontrado el pueblo, y se alegraron por tener la razón.&lt;br /&gt;He sido relativamente feliz, con una esposa digna de mi posición y unos hijos instruidos que han sabido incrementar la fortuna familiar. &lt;br /&gt;Pero ya soy viejo. Mis hijos crecieron, mi mujer murió y las doncellas ya no me interesan. Y ha sido en  mi propia soledad que he vuelto a recordar a la Urraca. Sé que corre el rumor de que me he vuelto loco, porque me paseo por mi casa con una vieja y roída levita y no dejo de repetir que no debo volver. Pero en el fondo deseo revivir todo aquello, y ver la cara de la Urraca. Y tocarla. Es lo que necesito antes de morir. Después, cuando ya lo tenga, romperé el engranaje. Espero que cuando encuentre estas palabras sepa dar punto y final a esta historia. Pero ahora no puedo.&lt;br /&gt;Ya la vejez me devora, mis manos trémulas me recuerdan que el tiempo se agota. Sólo una vez más.&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23598796-114222785526716059?l=padrastros.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://padrastros.blogspot.com/feeds/114222785526716059/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23598796&amp;postID=114222785526716059' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114222785526716059'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114222785526716059'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://padrastros.blogspot.com/2006/03/las-urracas.html' title='LAS URRACAS'/><author><name>laieta</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06968079857870419761</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23598796.post-114182725376253364</id><published>2006-03-08T14:53:00.000+01:00</published><updated>2006-03-08T15:14:13.776+01:00</updated><title type='text'>PUTAS MUJERES (hª real)</title><content type='html'>"Putas mujeres", decía siempre, "son todas unas putas".  Pobre desgraciado solterón. Se pasaba los días y las noches plegando cartones y maldiciendo a un sexo opuesto que en su caso era más opuesto que en ningun otro.&lt;br /&gt;Sí, sí, las mujeres todas unas putas. Unas golfas. Unas perras que, si no fuera por su habilidad paritoria,  estarían todas colgadas  del pino más alto. &lt;br /&gt;Entre cartón y cartón maldecía a la puta de su madre, a la guarra de su hermana y a la perra de su prima; se acomodaba bien los huevos, sacaba la petaca de su bolsillo y se volvía a acordar de su madre, de su hermana y de su prima.&lt;br /&gt;"Putas reputas mal folladas", decía con su aliento a JB, "coños andantes con pelos apestando a sardina refrita".&lt;br /&gt;Y entre cartón y cartón, entre codo arriba y codo abajo, mordía con rabia una manzana.&lt;br /&gt;Si además de misógino hubiera tenido un suspiro neuronal, hubiera evitado la ingesta de una fruta tan inherente a la mujer, a esa primera golfa que lo jodió todo por un mordisco.&lt;br /&gt;Y así fue como, por gracia y sutileza de su ignorancia, lo encontraron tendido boca arriba entre los cartones, con la manzana entre sus dientes, y más frío que la puta, puta reputa fruta.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;Dedicado al fiambre&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23598796-114182725376253364?l=padrastros.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://padrastros.blogspot.com/feeds/114182725376253364/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23598796&amp;postID=114182725376253364' title='2 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114182725376253364'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114182725376253364'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://padrastros.blogspot.com/2006/03/putas-mujeres-h-real.html' title='PUTAS MUJERES (hª real)'/><author><name>laieta</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06968079857870419761</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>2</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23598796.post-114175709929555160</id><published>2006-03-07T19:27:00.000+01:00</published><updated>2006-03-13T16:46:56.960+01:00</updated><title type='text'>EPÍSTOLAS AVIARIAS. La gripe aviar y el desconsuelo del PP por sacrificar a su gaviota (1º PARTE)</title><content type='html'>&lt;blockquote&gt;&lt;/blockquote&gt;Querido Mariano;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;Hoy he abierto el ABC y he visto una noticia espantosa. ¡¿Qué es eso de que vamos a sacrificar a Francisca?!&lt;br /&gt;Pero tú te has vuelto loco, Mariano. Que se le caigan las plumas no es motivo suficiente para creer que está enferma. Igual ya no es tan fuerte como antes, pero eso no significa que tengas que cortarle el gaznate. Ella se recuperará, ya lo verás. Francisca es fuerte. ¡Viva Francisca!&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23598796-114175709929555160?l=padrastros.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://padrastros.blogspot.com/feeds/114175709929555160/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23598796&amp;postID=114175709929555160' title='0 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114175709929555160'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114175709929555160'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://padrastros.blogspot.com/2006/03/epstolas-aviarias-la-gripe-aviar-y-el.html' title='EPÍSTOLAS AVIARIAS. La gripe aviar y el desconsuelo del PP por sacrificar a su gaviota (1º PARTE)'/><author><name>laieta</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06968079857870419761</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-23598796.post-114175428388050426</id><published>2006-03-07T18:16:00.000+01:00</published><updated>2006-03-07T18:58:03.890+01:00</updated><title type='text'>ANTE TODO HOLA QUE TAL COMO ESTAMOS</title><content type='html'>&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;&lt;span style="font-family: lucida grande;"&gt;&lt;span style="color: rgb(255, 0, 0);"&gt;&lt;span style="font-style: italic;"&gt;&lt;span style="font-family: trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-family: trebuchet ms;"&gt;&lt;span style="font-family: georgia;"&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;&lt;/span&gt;Pues sí, ante todo saludar a los pobres infelices que pretendo obligar  a entrar en mi blog (si no, no haberme conocido). En fin, y aquellos que caigan por error pues... lo siento; ahora, por educación, tendreis que leer algo o hacer algun comentario, regalarme flores, un coche, una casa muy grande, un lindo perrito y algo que se os ocurra.&lt;br /&gt;Obviamente, me muerdo las uñas. Es poco estético, pero es una gozada teclear sin ellas (que, aunque haya mucha gente que no lo crea, yo las he llevado largas y de colores). Así que, para evitar la desagradable formación de padrastros, me he decidido a abrirme un blog e intentar entretenerme escribiendo barbaridades y demás relatos.&lt;br /&gt;Lo hago porque me gusta. Porque me entretiene. Y si entretengo a alguien pues eso que nos llevamos los dos.&lt;br /&gt;Digitalmente tuya.&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;&lt;br /&gt;P.D. No sé si es el tipo de despedida en una "cartablog", pero queda de perra. Y me gusta, jeje.&lt;br /&gt;&lt;/span&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/23598796-114175428388050426?l=padrastros.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://padrastros.blogspot.com/feeds/114175428388050426/comments/default' title='Enviar comentarios'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=23598796&amp;postID=114175428388050426' title='4 comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114175428388050426'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/23598796/posts/default/114175428388050426'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://padrastros.blogspot.com/2006/03/ante-todo-hola-que-tal-como-estamos.html' title='ANTE TODO HOLA QUE TAL COMO ESTAMOS'/><author><name>laieta</name><uri>http://www.blogger.com/profile/06968079857870419761</uri><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='16' height='16' src='http://img2.blogblog.com/img/b16-rounded.gif'/></author><thr:total>4</thr:total></entry></feed>
